Domingo 34 tiempo ordinario. Lucas 23,35-43
La fiesta de Cristo Rey cierra el año litúrgico como quien cierra un libro sabiendo que la historia continúa. Durante las últimas semanas, la Escritura nos ha hablado con lenguaje apocalíptico, no para infundir miedo, sino para recordarnos que la vida tiene un horizonte, una promesa, una novedad que siempre está llegando.
La RAE define “reinar” como ejercer jefatura o prevalecer en el tiempo. Ambas acepciones iluminan lo que Pablo anuncia a los colosenses: “Nos ha trasladado al Reino del Hijo de su amor”. No es un reino futuro ni lejano, sino una realidad en la que ya habitamos gracias a la reconciliación y al perdón derramado en la cruz.

Y ahí está la paradoja del Evangelio: Jesús reina justo cuando parece haber perdido todo. Su trono es una cruz, su corona es de espinas, su proclamación real la hace un ladrón: “Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”. Padre Eladio lo expresa con belleza: nunca estuvo Jesús tan cerca de ser exaltado como en la hora de su agonía, donde su muerte abrió paso a una vida eterna, luminosa, plena y llena de paz (cfr.279,1).
Por eso, la salvación nunca es individual. Los que gritan “sálvate a ti mismo” no entienden que el Rey no se salva solo: salva con, desde y para los demás. Su Reino no excluye, no elimina, no se impone. Nace del amor y se sostiene en la misericordia.
Cristo es Rey
de los pobres y de quienes lo buscan,
de quienes lo aman y de quienes aún no lo conocen,
de los que llegan últimos y de los que no tienen lugar.
Rey de un Reino sin espadas ni banderas,
donde la justicia es camino, la paz es ley
y la fraternidad es rostro de Dios Trinidad.
Su majestad son los brazos abiertos,
su tesoro es la misericordia,
su poder es servir,
su gloria es amar hasta el extremo.
Que Cristo, Rey del Universo, Pastor y Hermano nuestro, nos enseñe a reinar como Él:
no dominando, sino sanando;
no subiendo, sino bajando;
no excluyendo, sino abrazando.
Y que sigamos caminando juntos hacia ese Reino que permanece entre nosotros.





