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Dios no quiere ni necesita templos, Él es el verdadero Templo, el único lugar del encuentro con Dios es Jesucristo. Es el rostro visible de Dios. Y Cristo nos convierte también a nosotros en el templo del Espíritu: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? (1Cor 3, 11). Somos templos vivos de Dios. Y precisamente por ello, necesitamos construirnos día a día. Mejorarnos y renovarnos.

Y porque el templo es espacio sagrado requiere un trato adecuado, no utilizarlo para propios beneficios, de ahí el enfado de Jesús, porque profanan, usan mal, dañan un espacio sagrado, tergiversan el espacio.

Por eso Jesús no podía callar: No se podía rebajar tanto ni manchar tanto ni vaciar tanto la idea de Dios: un Dios que necesita de una casa y unos sacrificios. Quieren convertir la Casa de su Padre en un comercio. “El celo por la Casa de su padre le devora”    Jn. 2, 17

El templo que Dios quiere no es de piedras, sino de carne y sangre; no tiene muros o velos de separación, sino que está abierto de par en par. En el templo que Dios quiere no se permiten ofrendas de sangre, solo de amor.

Jesús, hoy, sigue levantado su voz contra los que compran por placer el cuerpo humano, contra los que destrozan por odio y envidias los templos humanos. ¡Cuántas personas mueren de hambre porque les cerramos todas las puertas! ¡Cuántos migrantes quedan sumergidos en el mar! ¡Cuántas jóvenes vienen engañadas a otros países! Jesús sigue defendiéndolos. Jesús quiere que todos los niños puedan tener un hogar, que los migrantes sean acogidos y las mujeres sean consideradas como seres humanos que necesitan el cariño, la comprensión y ayuda de todos.

Quienes no hacen esto posible, se convierten en auténticos profanadores de estos templos humanos.

“Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. Su respuesta al desafío es el triunfo de la vida sobre la muerte, de la fe sobre la increencia, de la alegría sobre el desaliento, de la paz sobre la guerra.

Hna. Rosa Mª Guijo, JST

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