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El hombre siente un temor instintivo y ancestral ante la serpiente. Hay en ella mucho veneno, y es también rastrera y engañosa.

Pero el Señor quiere de nuevo salvar a su pueblo. “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente de bronce en el desierto…” Una serpiente salvaría de las serpientes. El veneno se convertirá en gracia. Bastaría un signo profético y una mirada de fe. 

Después, como remedio universal contra todas las serpientes, sería puesto en alto el que era a la vez cordero y paloma. “Elevado el Hijo del hombre para que todo el que cree en Él tenga vida eterna”. He ahí la verdadera medicina contra todas las serpientes.

Contra la desconfianza y el recelo, la amistad de Cristo Crucificado.

Contra la ira y la violencia, la paciencia de Cristo Crucificado.

Contra el orgullo y la ambición, el vaciamiento de Cristo crucificado.

 

“Para que todo el que cree tenga vida eterna”. Lo tuyo es creer. Cree en su palabra, cree en sus llagas, cree en su sangre, cree en su amor.

“Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo”. ¿Cuál es la primera imagen de Dios que se grabó en nuestra mente: la de un ser que ama gratuitamente o la del que castiga justamente? ¿Cuántas veces hemos oído que Dios castiga?

El Dios que se manifiesta en Jesucristo no es un Dios “vengador”, como el Dios que a veces se muestra en Moisés y los profetas; es el Dios que perdona y salva; es el Dios de la paciencia y la misericordia; es el Dios de la gratuidad y la gracia.

 “Viene no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. El Hijo del hombre prefiere ser condenado a condenar. Que lo diga Barrabás o el buen ladrón. Prefiere ser castigado a castigar. Que lo diga la adúltera o la samaritana.

Todo el castigo de Dios se traduce en una mirada de amor, que quema, traspasa y renueva.

La cruz de Jesús es un dar la vida por cada uno de nosotros, es entrega, regalo, amor. Así es Dios, y así es Jesús.

Entonces, ¿por qué le condenan? Juan utiliza el símbolo de la luz para expresarlo. Cuando actuamos mal, no queremos que nadie vea lo que hemos hecho.

No queremos que la luz esté presente. Sin embargo, cuando hacemos las cosas bien, no nos importa que la gente vea lo que hemos realizado.

Jesús es esa luz que alumbra y que no tiene nada que ocultar. Tenemos que ir tras sus huellas. Si hacemos el bien, es evidente que vamos en compañía de la luz. Jesús, luz verdadera, disipa toda tiniebla. En torno a Él, todo es claridad, todo se viste de resplandor y podemos cantar el Aleluya pascual.

Hna. Rosa Mª Guijo, jst

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