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La festividad de San José nos encuentra en plena celebración del año de gracia a él dedicado. La intención de estas líneas  es animar a pedir su intercesión para que nos acompañe en el camino del espíritu siempre, pero, de manera especial, en este tiempo de preparación y celebración del Capítulo General. De José aprendemos la maestría en el discernimiento, la aceptación de los planes de Dios y la disponibilidad para asumir el futuro.

 

Os invito a poner la mirada en él.

 

 

 

Tenemos delante un San José joven. En su mano derecha porta un bastón que podemos identificar como símbolo del caminante. José sabe de caminos: junto a María recorrió los senderos de la fe; junto a ella, creyó contra toda esperanza en medio de las pruebas y dificultades que le salieron al paso. Se puso en marcha, siempre que la voz de Dios le invitaba a dar nuevos pasos, y lo hizo apoyado en la fe, ese era su bastón, y con la certeza de que el Señor tenía para él una misión grande, por más que la voz de sus mensajeros no diera apenas explicaciones.

José es, pues, guía y modelo en el camino del Espíritu. Nos acompaña en las circunstancias concretas y sale al paso de todos, especialmente de los que, en la encrucijada de la historia, padecen soledad y mendigan consuelo humano y espiritual, amor y misericordia.

 

 

 

La mano izquierda la tiende abierta, en un gesto de acogida, esa actitud que posee todo ser humano de buen corazón, y que tiene un subrayado especial en nuestra espiritualidad josefino-trinitaria. Mano tendida y mano abierta, ofreciéndonos el mejor regalo, el gran don: su hijo Jesús. E invitándonos a ir a Él. 

 

 

 

 

José va calzado con sandalias, símbolo también del caminante, en disposición de salir aprisa al paso de quien tenga necesidad. El artesano de Nazaret, sabe mucho de búsquedas. Ha llevado el pan a su casa, amasado con el sudor del trabajo y también con la inquietud de no tenerlo. Por eso, está cerca de quienes pasan sus horas en el duro tajo para ganar el sustento, y de aquellos que, en las colas del hambre y en las oficinas de empleo, buscan remedio a su obligada ociosidad.

 

En su rostro destacan sus ojos, su mirada serena, que ilumina y transmite firmeza, seguridad, quietud. Mira al frente, sin miedo. Ha dejado atrás sus dudas sobre María y sobre el plan de Dios para él y para su familia. Y, confiado, da un paso adelante.

Su boca está cerrada, invitando al silencio de palabras. De esto sabe mucho José. Su silencio no es ingenuo, no es el de la persona inconsciente o insensible que no quiere complicarse la vida. Es el silencio de quien calla porque está ante el misterio, y ante la realidad que sobrepasa, solo queda abrir el corazón y acoger.

Y ¡qué gran misterio le tocó vivir! Tuvo que aceptar ir siempre más allá de lo que podía ver, oír o sentir. Tuvo que aceptar caminar fiándose de Dios. Y en esas circunstancias no son necesarias las palabras, podríamos decir que casi estorban, porque dispersan los sentimientos y empequeñecen las fuerzas. En esas circunstancias y en otras, es mejor callar y dejar que hable Otro, en la debilidad propia. Y así debió hacerlo S. José.

Invito a contemplar esta imagen de San José, presente en la capilla de nuestra Casa Madre de Plasencia,  con estas claves de interpretación u otras que consideréis.

El Papa Francisco concluía su carta Patris Corde invitándonos a pedir a San José el mejor de los milagros, nuestra propia conversión. Así lo hacemos con toda confianza a aquel de quien decía Santa Teresa: “No me acuerdo hasta hoy de   haberle suplicado nada que no me lo haya concedido”. Y P. Eladio nos invita a pedirle formar un solo espíritu con Jesús (391,2 y a tomarle como Padre y Maestro (395,5).

(Felicitación de la Superiora General a todas las Comunidades en la Festividad de San José. 19 de marzo de 2021)

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