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El Señor nos pone en movimiento. Siempre al otro lado, siempre rompiendo esquemas, siempre “a la otra orilla”. Es la invitación que nos hace Jesús en nuestra vida de cada día, en nuestra misión: acompañarle a la otra orilla; dejar atrás nuestras seguridades y dejarnos guiar por él y su palabra. Alcanzar la otra orilla, donde está siempre el prójimo esperando, va a depender de nuestra confianza, de nuestra capacidad para abandonarnos en el Señor.

 

En la travesía que nos relata Marcos, nos enfrentamos a dos contextos contradictorios: el ímpetu y la violencia de la tormenta, con el miedo de los discípulos y la calma, el sueño y la tranquilidad de Jesús, recostado en la popa de la barca.

Evidentemente, nosotros somos los que vivimos la tormenta o estamos en tormenta cuando nuestros miedos e inseguridades socaban nuestra perspectiva en la misión, nuestro ímpetu por seguir cruzando al otro lado; cuando nuestras crisis de fe nos hacen zozobrar y no encontramos el sentido a las palabras amor, compromiso, entrega, generosidad, familia, trabajo; cuando nuestro presentismo negativo o la absolutización de nuestras debilidades nos impiden descubrir que nuestra vida está sostenida siempre por Otro.

En estos momentos vitales de angustia y de tormenta, (no nos quedemos solo en lo vivido en este tiempo de pandemia), dirigimos nuestro grito a Dios, que no es súplica sino una reclamación: “¿Es que acaso te has olvidado de nosotros? ¿Es que ya no volverás a favorecernos? ¿Es que te da igual que “nos hundamos”?

¿Cuántas personas a lo largo del tiempo han levantado su vista y gritado esta pregunta al cielo?

El miedo, la incertidumbre, la angustia vital nos llevan a culpar a Dios de aquellos problemas por los que podemos atravesar en nuestra vida. Pero el Señor nunca dijo que cruzar al otro lado fuese un camino sin pruebas. Él nos plantea cómo queremos transitar por la vida: con los ojos y la confianza puestas en él o rendidos en exclusiva a nuestras posibilidades y las promesas vacías de “falsos dioses”.

El silencio que acontece después de esta tormenta interior tiene un eco distinto porque nos proyecta hacia el interior para percibir nuestra realidad desde otra perspectiva. Las palabras de Jesús sobre nuestra falta de fe nos remecen y nos resitúan. El seguimiento se hace más profundo y la respuesta a la pregunta “¿quién es este?” se proyecta clara en nuestros labios desde este silencio que se origina cuando termina la tormenta: Él es el Señor, el que da sentido a mi vida”.

Todo lo arrastra el viento.

Canta y cuenta la lluvia.

Las letras de agua caen
rompiendo las vocales
contra los techos. Todo
fue crónica perdida,
sonata dispersada gota a gota:
el corazón del agua y su escritura.
Terminó la tormenta.
Pero el silencio es otro.

Tempestad con silencio (fragmento), Pablo Neruda.

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