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Es curioso contemplar cómo en este texto del Evangelio de Marcos la gente que conoce a Jesús “de toda la vida” se sorprende y se escandaliza de sus palabras y acciones, de su sabiduría y autoridad, como si no fuera posible que “alguien de los suyos” pudiera hacer y decir tales maravillas. El evangelista califica esta actitud de los paisanos de Jesús como falta de fe, pero desde una perspectiva más humana podríamos llamarlo también envidia. Burda y cochina envidia, de esa que niega la capacidad de alegrarse por el bien de otros y envenena el corazón con suspicacias y desprecios. Envidia de que uno de los nuestros sobresalga, de que sea valorado y reconocido en otros lugares y apenas haya demostrado su valía aquí, de que tenga una sabiduría admirable y de que haya adquirido conocimientos distintos de la vida, de los hombres y de Dios. Envidia de que un humilde carpintero sea algo más que eso. Y por ello, rechazan la posibilidad de acoger en sus vidas el milagro, el ser partícipes de esa Vida plena que Jesús ofrece a cuantos se acercan a Él con fe y con una mirada limpia capaz de descubrir en su paisano, y humilde carpintero, al Hijo de Dios.

¿Qué nos escandaliza a nosotros de Jesús?

¿Cómo andamos de envidias?

¿Podemos descubrir en los de cerca, en los nuestros,  sus valores, dones y carismas, y sentirlos como algo que no nos amenaza, sino que nos enriquece y por los que podemos alegrarnos y disfrutar?

Hna. Marta Beneyto Pajuelo, JST

En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos.
Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?»
Y esto les resultaba escandaloso.
Jesús les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.»
No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Mc.6,1-6

 

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