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Desde nuestra experiencia podemos comprender lo que le ocurre a Bartimeo en este pasaje evangélico; es probable que todos nos hayamos sentido alguna vez “ciegos a la vera del camino”, necesitados de compasión, necesitados de liberarnos de nuestras cegueras y complejos, necesitados de ensanchar nuestra mirada turbia y miope. En estas circunstancias hemos gritado al Señor y es posible que otras respuestas hayan llegado antes a nuestros oídos mandándonos callar, recordándonos que nos somos dignos. Pero el corazón de Jesús está siempre vigilante y atento para escuchar, también y sobre todo a los marginados del camino, y preguntarnos “¿Qué quieres que haga por ti?”  El Evangelio de hoy nos invita a poner sobre la mesa nuestras cegueras conscientes o inconscientes, a mirarnos por dentro, a mostrar nuestra vulnerabilidad ante el Señor que perdona siempre, que quiere sanarnos, impulsar nuestra vida y situarnos de nuevo en el camino de seguimiento y entrega.  

Hna. Mercedes Conde, JST

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.»
Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí.»
Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.»
Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?»
El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.»
Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

Marcos 10,46-52

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