La partida hacia la casa del Padre de H. Mª Eugenia González García, el 8 de abril, Miércoles Santo, nos ha dejado el corazón dolorido y encogido.

Ella fue “ungida” tempranamente, al rayar el alba, para presentarse ante el Altísimo y comenzar a vivir una vida nueva.

Ante tantas preguntas que surgen cuando la vida nos golpea, escuchamos las palabras de Jesús a Pedro en el lavatorio de los pies: “Lo que yo hago no lo entiendes ahora, lo comprenderás más tarde” (Jn.13,7) . Y con ellas en el corazón nos quedamos. Mientras vivimos ese proceso de asimilar con fe los caminos del Señor, la ausencia de nuestra hermana ha hecho aflorar, como en espléndida primavera, los dones con los que Dios Trinidad la adornó. Y ha brotado en nosotras y en mucha gente el agradecimiento.

 

Fue Mª Eugenia una persona que, por su forma de ser se “expuso” ante los demás, con sus errores y sus aciertos.

Recordamos su entusiasmo, su vehemencia, su dinamismo, su afán, a veces desmedido, de que todo estuviera bien, de que todo saliese lo mejor posible. Cómo disfrutaba con la compañía de las hermanas, con la fiesta, con las celebraciones, con el canto.

 Desde joven tuvo una gran vocación de educadora que ejerció con imaginación, con pedagogía sencilla y asequible, pero no exenta de rigor, en los colegios apostólicos de Tejares y Cabezuela y posteriormente en Cáceres. Muchas antiguas alumnas la recuerdan con gran cariño; las hermanas que fueron sus alumnas no olvidan los juegos, las canciones y su ingenio para hacer grata y amable la estancia en el colegio y llevadera la exigencia del estudio.

Como dijimos en otro lugar, conservaba sus profundas raíces castellanas, aunque se hizo “todo para todos” (1Co 9,22) porque allí donde estuvo arraigó y floreció espléndidamente en frutos de bien. Se dejó cautivar por otros acentos que hicieron de ella una persona expresiva, cariñosa y alegre. Ya han enmudecido sus besos sonoros con los que nos agasajaba en los encuentros. Ahora nos besa desde el cielo y disfruta al vernos juntas, y, sobre todo, disfrutará si estamos unidas ¡Cuántas veces expresó este deseo!

 

Fue una persona con deseos de aprender cada día, de estar activa en el mundo, de conocer por dónde caminaba el pensamiento, la pastoral, la vida consagrada, la Iglesia. Animadora incansable de la vida espiritual, Mª Eugenia buscaba siempre la raíz profunda de los acontecimientos.

Mujer profundamente creyente, enamorada de su vocación, consecuente con la misión que en cada momento y lugar le fue encomendada. Amó a la Congregación de forma entrañable, su entrega al Instituto como hermana y como Superiora General durante tres sexenios es incuestionable. Su celo apostólico fue grande. Con entusiasmo y vitalidad buscó nuevos caminos para el Instituto, haciendo posible que el carisma fuese conocido en varios lugares en los que hoy estamos presente.

Amó nuestro carisma, con empeño y pasión fue desentrañando los matices profundos de la personalidad de P. Eladio. Todas sabemos de su afán por acercar su figura a nuestra vida, por escudriñar su espíritu, su pensamiento, por descubrir y admirar lo que el “Amigo de Dios” llevaba dentro. Así ha quedado reflejado en sus escritos, en sus charlas a grupos diversos, en sus conversaciones.

Mª Eugenia se ha ido a celebrar anticipadamente la Pascua del Señor. Participó de su pasión, en los ocho días de ingreso, en la soledad de la habitación del hospital, 

en esos momentos en los que la persona se encuentra con su propia verdad, sin poder eludir ese trance. Sola, como Jesús en Getsemaní y en la cruz, pero hermanada con tantos hombres y mujeres que han padecido y padecen en los hospitales y fuera de ellos. Purificada en su enfermedad, compartiendo el destino de tantos como están siendo arrebatados de la vida en estos días.

Alguien ha dicho que el Señor “se encaprichó con ella” en esta primavera, en esta Pascua. Y Mª Eugenia escuchó la llamada del Esposo que la apremiaba: “Levántate, amada mía y vente” (Ct 1,10) . Fue una cita en la intimidad, sin testigos, solo el amor mutuo sellaba este encuentro. Ahora, desde el cielo, contemplará que la acompañaban calladamente nuestras oraciones, nuestras lágrimas, nuestro cariño sincero y agradecido.

Su recuerdo  permanecerá en el corazón hasta el día en que podamos reunirnos nuevamente.

La Resurrección de Cristo es quien mantiene nuestra esperanza y nuestra certeza. A su entierro sólo pudieron acudir cuatro hermanas de la comunidad de Salamanca y el Capellán del Hospital Clínico donde estuvo ingresada. En cuanto pase este confinamiento y las leyes permitan salir a la calle y actuar con normalidad, se hará la celebración de funeral como corresponde.

¡Descansa en paz, querida Mª Eugenia! Vives ya para siempre sumergida en Dios Trinidad.

 

(Texto extraído de la Circular Congregacional, escrito por Hna. Teresa Villarín, Secretaría General). 

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