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Somos invitadas a caminar hacia el Portal de Belén, de la mano de San José y a poner la mirada en él, en el contexto del Año Santo Josefino ofrecido por el Papa a la Iglesia en la Carta Patris Corde (8 de diciembre de 2020).

Queremos caminar hacia la presencia de Dios que se hace hombre por amor y desea llenar nuestro corazón de ese amor y paz. Comenzamos nuestro peregrinaje a Belén teniendo como trasfondo todo lo vivido en este año y lo que nos sigue preocupando: la pandemia del Covid-19, la enfermedad de muchas personas, la pérdida de seres queridos, los desastres naturales, los emigrantes que buscan un futuro mejor, los explotados en el trabajo, los que no lo tienen, las colas del hambre, las decisiones políticas que dificultan la misión, las leyes que enmascaran una escasa valoración de la vida humana y dictan la forma “digna” de acabar con la vida de personas no productivas…La lista sería interminable y si nos dejásemos llevar del desaliento terminaríamos concluyendo que a esta humanidad no hay nadie que la redima.

Pero el grito de adviento: ¡Levántate, pueblo mío, levántate, viene el Señor!, nos abre a la esperanza. Dios sigue naciendo en este mundo nuestro. Cada día estrena su apuesta por el ser humano y viene a su casa, con tesón inquebrantable y con el deseo de ser recibido por los suyos. Y los suyos somos todos sin exclusión. De la mano de José, acojamos el momento actual con la fuerza y el amor suficiente para construir un futuro mejor; aunque todo parezca contrario a estos deseos, aunque se trunquen proyectos y la esperanza se esfume. Que, como nuestro Santo Protector, sepamos descubrir la presencia de Dios y aceptemos sus planes desde la fecundidad del silencio. La historia de la salvación se cumple creyendo contra toda esperanza a través de las debilidades y errores humanos.

Dice el papa Francisco en la carta Patris Corde (PC), que muchas veces pensamos que Dios se basa sólo en la parte buena y vencedora de nosotros, cuando en realidad la mayoría de sus designios se realizan a través y a pesar de nuestra debilidad. También a través de la angustia de José pasa la voluntad de Dios, su historia, su proyecto. Y así nos enseña que tener fe en Dios incluye creer que Él puede actuar a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad. Y nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca. A veces, nosotros quisiéramos tener todo bajo control, pero Él tiene siempre una mirada más amplia.

 

Oremos en esta Navidad con San José, callado y fiel. El silencio envuelve todo lo que conocemos de él. Silencio que se hace respeto y acogida ante lo que sucede en María, él discretamente se pone a un lado. José es un padre en la acogida, porque acogió a María sin poner condiciones previas. La acogida es total, incluso de aquellos acontecimientos incomprensibles para el entendimiento humano. Acoge conscientemente, no es una acogida resignada y pasiva, sino valiente y lúcida, haciendo sitio incluso a lo inesperado de la existencia, enfrentando lo que acontece con ojos abiertos y corazón generoso.

También José podría decir como Maria: Me felicitarán todas las generaciones, porque también él, en cada circunstancia de su vida, supo pronunciar su “fiat” y hacer lo que el Señor le había mandado. Desde el silencio contempla cómo pasa la vida, y que es Dios quien pasa en ella. Y, desde los sueños, escucha, obedece y se pone al lado de María, la pobre de Yavé, la débil, la elegida por Dios para ser Madre del Redentor. Y nuestros sueños, nuestros deseos, nuestras intuiciones, nuestra sensibilidad ¿qué hacemos con ellos? ¿hacia dónde se dirigen? ¿recalan en los que sufren, en los indefensos y excluidos por cualquier causa? ¿Cómo nos acercamos a los demás, lo hacemos con delicadeza, sin pregonar nuestras acciones, sin juicios previos, como hizo José? ¿O nos movemos en el protagonismo, la notoriedad, la exposición continúa?

Caminamos a Belén de la mano de José. El camino, no está trazado, lo vamos haciendo como peregrinas de la fe. Diariamente intentamos comprender la voluntad de Dios en nuestra vida, quizá con escasas señales, pero, ojalá, con mucha confianza. En ese “camino” en el que nos ocurren cosas no sospechadas ni tal vez deseadas, no hay mapas, ni señales, ni navegador y es posible que nos asalten la incertidumbre y las preguntas: ¿Por qué a mí?, ¿Por qué ahora?,  ¿Por qué este mundo así? Preguntas sin respuesta fácil.

Mirando a José, la respuesta no es otra que la obediencia a Aquel que sabemos conduce la historia. Caminar a Belén de la mano de José, nos invita a abrir nuestras fronteras personales, esas que quizá no seamos conscientes cómo las hemos ido levantando. Nos invita a amar sin medida, a los que nos quieren y a los que prescinden de nosotros. Nos invita a amar así, porque usar el corazón es recibir a Jesús como Él vino, como Él viene, en total anonimato, ofreciéndose y regalando vida.

Y, llegadas a Belén, descubrimos que es Belén quien ha llegado a nosotras. Es el Enmanuel, el Dios-con-nosotros, el que desciende a nuestra humanidad. Como a los pastores, se nos invita a escuchar esta gran noticia; y como a los ángeles, a cantar la gloria de Dios y a regalar paz a los hombres de buena voluntad y a los que no la tienen tanto.
Nos unimos a toda la Iglesia en la celebración del nacimiento del Hijo de Dios, del hijo de María y de José. Nos unimos a todas nuestras hermanas con la confianza de entrar en el nuevo año cogidas de la mano de nuestro Padre y Maestro, como llamaba P. Eladio a S. José, y a confiar nuestra vida a su patrocinio. Deseamos caminar junto a muchas personas de buena voluntad, restaurando nuestras debilidades, sanando heridas y renovando la pasión de anunciar que el Reino de Dios, Jesús, está con nosotros.

Felicitación de Navidad de la Superiora General a las Comunidades. 

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