Nos introducimos ya en la Semana Santa y lo hacemos con la celebración del Domingo de Ramos, momento donde se entrecruzan los sentimientos, alegría y dolor se dan la cara; los discípulos entran a Jerusalén proclamando a Jesús como Rey y al mismo tiempo se expresa un camino largo de sufrimiento con su pasión y muerte.

Podemos contemplar el relato desde diversas perspectivas. De entrada observamos la perspectiva del mundo y la perspectiva del Reino que hacen que cambie radicalmente la dimensión del drama.

Para la lógica del mundo, donde la grandeza se mide en términos de dinero y poder, los vencedores son las autoridades religiosas y civiles que terminan eliminando a Jesús. Para la lógica del Reino, la grandeza implica  la entrega libre de sí en actos de amor solidario y es en estos donde se encuentra el sentido a la vida humana. Aquí nos queda claro que el único Hombre libre, el único capaz de amar como Dios, es Jesús.

El Jesús de la pasión está en consonancia con sus enseñanzas, es un hombre congruente, íntegro, humano y compasivo, lleno de una autoridad inusual y totalmente convencido de estar haciendo la voluntad de su Padre. Jesús vive y muere sirviendo. Con esto nos revela el misterio de un Dios cuya naturaleza profunda es el amor como entrega total de sí. Él carga nuestros sufrimientos, lleva y soporta nuestros dolores, “por sus heridas seremos curados”. 

Con estas enseñanzas se nos invita a abrir el corazón para comprender a todos, porque todos traen, un dolor; nos invita a estar con Él, a aprender de Él, a no dejar solo al Amigo, a acompañarlo, a responderle con nuestra presencia, con nuestro agradecimiento y con nuestro seguimiento. Pero sobre todo, a guardar silencio ante el misterio que se nos revela, hasta que la comunicación de Dios nos permita entender y entrar en su misma lógica de amor. Hoy dejémosle hablar a ÉL. 

Hna. Verónica Moya, JST.

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