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Una vez más , la Iglesia nos invita a contemplar el Nacimiento de Jesús, a entrar en el Belén y adorar a un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. 

Junto a Jesús están María y José, unos padres que viven una situación social, política y económica difícil, como muchos padres de hoy en día, que también llaman a las puertas y no les reciben, que buscan posada y no la encuentran porque “no hay sitio para ellos”. (Cfr.Lc.2,1-14).

Al pesebre acuden, sobre todo, los pastores. Hombres y mujeres sencillos,los desplazados de esa época, para ver al recién nacido. En él reconocen la esperanza de un mundo nuevo, el sueño de ago diferente. Jesús nace en la noche, en un establo, en la periferia. 

 Y con estas condiciones nada confortables, María y José hacen posible la Vida para todos, especialmente los más desfavorecidos, los más vulnerables, los más pequeños porque “de ellos es el Reino de los Cielos”. (Cfr.Mt.5,3).

El Dios-con-nosotros se compromete con toda la humanidad para recuperar la dignidad de la persona allí donde se hubiera perdido. 

Y hoy, ¿quiénes son los pequeños de nuestro mundo, de nuestra comunidad, de nuestra misión, de nuestra sociedad para los que tampoco hay sitio?

(...)

Vivamos esta Navidad desde el misterio de un Dios desplazado y migrante, de un Dios encarnado, vulnerable, acogido y arropado por los brazos y corazones de José y María, que sos cada una de las hermanas Josefinas-Trinitarias, cada laico JosefinoTrinitario y cada persona de buena voluntad que habita en este mundo. 

(De la circular de Navidad de la Superiora General de las HH.Josefinas de la Santīsima Trinidad,Hna. Mª Luisa Dávila). 

 

 

 

 

«María se puso en camino» (Lc 1,39).

 

Me parece que la actitud de la Virgen durante los meses transcurridos entre la Anunciación y el Nacimiento es el modelo de las almas interiores; de esos seres que Dios ha escogido para vivir dentro de sí, en el fondo del abismo sin fondo. ¡Con qué paz, con qué recogimiento María se sometía y se prestaba a todas las cosas! ¡Cómo, aún las más vulgares, eran divinizadas por Ella! Porque a través de todo la Virgen no dejaba de ser la adoradora del don de Dios. Esto no la impedía entregarse a las cosa de fuera cuando se trataba de ejercitar la caridad.

El Evangelio nos dice que María subió con toda diligencia a las montañas de Judea, para ir a casa de su prima Isabel (Lc. 1,39-40). Jamás la visión inefable que ella contemplaba en sí misma disminuyó su caridad exterior. Porque, como dice un autor piadoso (Ruysbroec), Si la contemplación «tiende hacia la alabanza y a la eternidad de su Señor, ella posee la unidad y nunca la perderá. Si llega un mandato del cielo, ella se vuelve hacia los hombres, se compadece de todas sus necesidades, se inclina hacia todas sus miserias. Es necesario que ella llore y que ella fecunde. Alumbra como el fuego; como él, ella quema, absorbe y devora, elevando hacia el cielo lo que ha devorado. Y una vez que ha acabado su misión en la tierra se remonta y emprende nuevamente, ardiendo en su fuego, el camino de la altura».

Santa Isabel de la Trinidad, Carmelita Descalza

El cielo en la fe (Primer retiro), día décimo.

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